8 de septiembre

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Cojo el S-Bahn en Ostkreuz, y muerdo el anzuelo de un hombre que me ofrece un billete "ganz neu" (totalmente nuevo). Luego veo que es más barato de lo normal, y sospecho que es del año pasado... Así que mejor que no me pille ninguno de esos revisores camuflados de chico con mochila o de señora respetable.
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J. me ha aclarado un poco el funcionamiento de las elecciones que vienen: cada elector emite dos votos. La "erste Stimme" (primer voto) es para un candidato concreto, territorial, que aquí en Berlín corresponde al distrito. Y la "zweite Stimme" (segundo voto) es para un partido en general. De modo que, si alguien vota por ejemplo CDU (los democristianos) en un barrio con mayoría de izquierdas, su voto no se diluye porque siempre le queda la "zweite Stimme" para votar directamente a Angela Merkel.

7 de septiembre

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Después de recorrer, algo perdida, una zona ajardinada donde se alternaban las casitas con pequeños bloques de pisos, en torno a la estación de Marienfelde, llegué a un campus que tenía aspecto de estar aún en construcción. Como siempre, la consiguiente sensación de soledad y de calma en torno a los edificios universitarios. En cualquier situación, en cualquiera de las ciudades que he visitado en mi vida, también en Barcelona, la universidad me da una sensación de oasis, de un lugar donde se valoran cosas que yo valoro, y donde la vida, en apariencia, es un poco más fácil: hay servicios, restaurantes, jardines... y bibliotecas. Precisamente esa sensación tenía yo ayer: me dirigía a un sitio, a una actividad, que iba a resultarme agradablemente familiar... Las sensaciones agradables se hicieron esperar un poco, porque no acerté a la primera con la biblioteca correcta. Pero, por fin, lo logré: el trabajo de Gerometta estaba en mis manos, con la condición de que no se podía sacar en préstamo...
Me lo llevé a una mesa vacía, y allí estuve leyendo a ritmo de tortuga, diccionario en ristre, durante las siguientes seir horas. Sólo, de vez en cuando, un vistazo a mi alrededor para constatar, por ejemplo, que los estudiantes alemanes no respetan el pacto de silencio en las bibliotecas. Claro que, con tan poca densidad de población, las molestias eran mínimas.

6 de septiembre

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Una reflexión intempestiva: De bajada hacia casa, he pasado con la bici por delante del "Pfinder". El camarero me ha reconocido y me ha saludado. Supongo que esto es un ejemplo de cómo el tiempo de la investigación ha de adecuarse al tiempo social. En otras palabras: si voy al "Pfinder" varias veces y logro entablar unas cuantas conversaciones con él, es posible que se convierta en un buen informante por una vía "natural". Sin embargo, todas esas personas que participan en proyectos concretos y a las que he enviado un email será más difícil que sientan alguna inclinación por echarme una mano con el trabajo de campo. Pero, claro, en el segundo caso habrá primado la honestidad, porque habré empezado por hacer explícita la motivación que me lleva hasta ellas...

5 de septiembre

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Por la tarde, nos encontramos con A., L. y la pequeña en el "Pfinder", un bar entre original y canalla cuya especialidad es la absenta, y que además parece ejercer de sucursal permanente del Flohmarkt de los domingos: en la terraza, en varias butacas, se exponen objetos variados (ositos de peluche, botas militares). No me queda claro si se venden, se cambian o se regalan... Además, en el bar se hacen proyecciones de cine porno de los años 20. Las sesiones son gratuitas, pero, como advierte el cartel, la bebida se paga... Los parroquianos parecen fieles al establecimiento y amigos del camarero. Y, desde luego, su aspecto es excéntrico. Cuando entro a pedir la bebida, me dan a elegir entre un arsenal de cervezas "bio". También hacen tostadas baratísimas, y regalan una pastilla de chocolate a todo el mundo.

4 de septiembre

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El siguiente punto de interés era el "Flohmarkt" (literalmente, "marché aux puces") de la Boxi. Pertrechada con la cámara de fotos, recorrí los puestos y fui añadiendo impresiones a las de la semana anterior. Esta vez, la "atracción" musical del mercado era un titiritero cuyas marionetas imitaban con mucha gracia a Jimi Hendrix, a Bob Marley y a otros artistas que no supe identificar.Entre los puestos del mercado distinguí uno regentado por unas niñas que revendían cuentos y juguetes. Descubrí también que, al pie de algunas mesas, había cajas con objetos "zum verschenken" ("para regalar").
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Al cenar con D. en casa de A. y L. me enteré de lo que son las "free box": estanterías situadas en varios puntos de la Rigaerstrasse, en el Sama Café y en los Hausprojekte, donde la gente deja la ropa que le sobra y coge lo que necesita. A. y L. han conseguido así buena parte de la ropa de su hija.
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3 de septiembre

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Por la mañana, una breve escapada al "supermercado" más cercano: un SPAR de aspecto poco próspero que nunca hasta entonces había encontrado abierto. Un lugar que me hizo pensar, salvando las distancias, en lo leído sobre la escasez de bienes de consumo en la RDA: estanterías semivacías, apenas dos artículos de cada tipo, y una suerte de dejadez en la actitud de la única trabajadora: la cajera.
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En este día semigris, Kreuzberg, el largo camino de la Skalitzerstrasse, se me antoja más inhóspito que la otra vez. En general no encuentro mucha vida, aunque, eso sí, por aquí y por allá callejean grupos pequeños de niños turcos (dos, tres a lo sumo, casi nunca con niñas), entretenidos en juegos o en alguna trastada.
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Al pasar por Kotbusser Tor me llama la atención una especie de centro comercial al aire libre, burdamente construido en medio de una plaza, de tal modo que ahoga las ventanas de los bloques de pisos que hay todo alrededor. En el estrecho pasillo que queda entre lo uno y lo otro, observo una multitud de bares y restaurantes mayoritariamente turcos. Entre el público, bastante abundante, no faltan chicas y mujeres jóvenes con vestimentas más o menos tradicionales, o quizá reinventadas, pero, en todo caso, a menudo con la cabeza cubierta. Justo al lado, examino el tablón de anuncios de unas oficinas del distrito, y descubro que casi todo aparece en versión bilingüe, alemán y turco.

2 de septiembre

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Recorro la Boxhagenerstrasse hasta el final. Hace días que tenía ganas de recorrer este trozo a pie y con calma. En la Warschauerstrasse, que baja hasta el río, hay muchos comercios y restaurantes. Por un momento me imagino Berlín con muro, el momento de su caída, y una marabuta metafórica de mercado capitalista, de vendedores y compradores eufóricos, cruzando el Oberbaumsbrücke y colonizando la primera calle que encuentran: la Warschauerstrasse... La marabunta, sin embargo, pasa de largo de las calles laterales, ansiosa por avanzar rápidamente hacia el Este. Y así quedaron olvidados solares, calles residenciales y no-man's-land como la fábrica ocupada que es ahora el Raw-Tempel, en la Revalerstrasse. El capitalismo y el mercado sólo se interesaron por las calles principales, aquellas por las que pasaban metros, autobuses y tranvías. Al menos en apariencia...
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1 de septiembre

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Pero ha tenido su encanto estar a esas horas a la intemperie... He visto despertar el barrio, los currantes con sus petos desayunando en la Bäckerei de Rigaer 12 y montándose a continuación en la furgo; las niñas, de camino al cole con chancletas y minifalda (¡y yo con dos jerséis!). Todavía ni rastro de esa placidez que monopoliza las aceras de Friedrichshain en estos últimos días de verano...
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Desde el autobús, una escena muy fotogénica: la terraza de un restaurante en esa zona de casitas con jardín. Una camarera trajinando entre dos mesas. En torno a una, tres señores muy elegantes, en mangas de camisa blanca impoluta, inclinados sobre sus platos respectivos y comiendo con fruición. En otra mesa, dos o tres trabajadores "de cuello azul", o, mejor dicho, de peto azul (según veo por todas partes en Berlín), paladeando una cerveza y recostados sobre el respaldo de la silla. ¿Dos ritmos distintos? ¿Dos estéticas? ¿Dos determinaciones de la estructura social?
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Misión cumplida. Las tres de la tarde, calor y mucho hambre. Fracaso en mi búsqueda de la "Mensa 1" y acabo claudicando ante una máquina de chocolatinas de la Facultad de Derecho, el único edificio con aspecto de estar habitado... En efecto, como digo, el campus transmite esa soledad bucólica de las universidades noreuropeas... Pero, a la vuelta, la parada de autobús está más concurrida. El corte del metro produce un efecto de concentración de los cuerpos que, de otro modo, estarían desparramados por toda la longitud de un andén... Y, dentro del autobús, el calor es agobiante. Llegamos por fin a la plaza desangelada donde ya funciona el metro. Como unas patatas fritas mientras observo la prisa de la gente y me digo: "estás en Berlín Oeste". Y sigo pensando en ello mientras miro el panorama desde la ventanilla del S-Bahn, rodeada de unos chicos que vuelven de trabajar. Pasamos de Neuköln a Treptower Park. En medio, en torno a la Sonnenallee, hay una zona bastante selvática que da testimonio de que por allí pasaba el muro...
De vuelta en terreno conocido, Frankfurter Allee y la calma en torno a mi casa. Por primera vez, sin embargo, escojo acercarme por la Finowstrasse, y, por primera vez, veo cómo me ven aquellos a los que miro desde ese puesto de vigía que tengo montado en la ventana...

31 de agosto

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Aproveché la amabilidad y las ganas de hablar de la profesora, y le expliqué (así me entrenaba) el tema de mi trabajo. Pareció interesada, subrayó -como todo el mundo- la originialidad de las formas de vida berlinesas... ¡y resultó que había vivido en Friedrichshain nada más caer el muro! Me explicó que, en torno a su casa, no había más comercio que una taberna (Kneipe) donde los vecinos se reunían a tomar cerveza... Las casas estaban en pésimas condiciones pero, dijo, ahora todo ha cambiado bastante.
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A la vuelta de Kreuzberg, una pequeña experiencia de autoaprovisionamiento no mercantil: puse por fin remedio a la baja presión de las ruedas de la bici. Seguí a un ciclista con pinta de experimentado que, delante de mí, entró en una gasolinera. Y observé cómo cogía un aparato enorme con un manómetro y unas teclas con un "+" y un "-". Lo imité, y me fui sin preocuparme de más, comoo quien se va sin pagar el perejil en la carnicería, las bolsas de plástico en el súper, el vaso de agua del grifo en un bar...
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30 de agosto

(...) Emprendí el camino en bicicleta y fui aprovechandp para hacer fotos de la Karl Marx Allee y de Alexanderplatz. En un mercado, delate de la Rotes Rathaus, me hice con una constitución de la RDA por el precio irrisorio de 0,80 euros... ¡realmente se cotiza poco la literatura oriental anterior al 89! Más tarde vería un montón de revistas de historia, de economía y de urbanismo.
Ya en Unter den Linden, seguí cayendo en tentaciones "bibliófilas": una guía turística de Berlín Este en los años 70 (¡por fin un mapa con el muro bien delimitado!) que incluía una introducción histórica "oficial"... Y un libro en el que unas sociólogas y teóricas culturales (luego supe que esto último no corresponde exactamente a los "cultural studies") reúnen los relatos autobiográficos de varias mujeres berlinesas (del Este) durante el otoño de 1989. El resumen de la contraportada no puede empezar mejor: algo así como "los cambios en las estructuras se traducen en cambios en la vida cotidiana de la gente...".
Continúo por la ruta turística de Mitte en dirección al Tiergarten, parándome a ratos en los puestos de postales, que dan, en ocasiones, algunas pistas... Junto con una enorme mayoría con postales "kitsch" y de fotografías y grabados del Berlín de inicios de siglo o destruido por la Segunda Guerra Mundial, encuentro otras de estética más actual, en las que ya no aparece ni rastro del muro, sustituido por los grandes edificios que se han construido en los últimos años. Y, más raramente, postales "alternativas" que, con pretensiones "underground", retratan punkies, casas ocupadas, Trabant de colores y patios traseros destartalados. Y el muro, o lo que queda de él, en todas sus versiones: con y sin soldados soviéticos.
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